lunes, 6 de junio de 2016

Cuestionar las cosas

Desde pequeño en mi hogar me han inculcado el deseo de saber cómo funcionan las cosas, en innumerables ocasiones llegué a desarmar algún juguete para ver cómo funcionaba por dentro. Sin embargo, esto último también trajo como consecuencia, alguno que otro regaño y/o castigo.
Esta curiosidad luego la entendí cuando comencé a leer a nuestro querido Platón, a través de sus diálogos donde el protagonista era su maestro Sócrates, entonces, supe que ese deseo de indagar no era otra cosa sino filosofía (amor a la sabiduría).

En todas partes y en todas las épocas, la filosofía comienza por cuestionar las cosas. En lugar de indicar en qué creer, lo que hace es suscitar la duda y provocar el sano escepticismo. La indagación filosófica se propone descubrir la verdad, no regirla.

Ahora bien, de pequeño tenía dudas relacionadas con cosas suscritas a mi mundo (e. g. ¿cómo funciona este robot?), con el tiempo comencé a hacerme preguntas más interesantes: ¿Por qué hemos nacido? ¿Para qué existe el mundo? ¿Quiénes somos?, etc. Aunque parecerán preguntas ingenuas, pero lo cierto es que no tienen respuestas sencillas. Precisamente por eso, estos interrogantes son tan significativos y trascienden las épocas. Entiendo que la vigencia eterna de estas preguntas habla del afán incansable de la humanidad por superarse y mejorar.

¡Y cuán importante es que seamos incansables!
Cada nueva generación de científicos puede añadir nuevas capas al edificio de la ciencia, construyendo encima de lo que se ha erigido anteriormente, pero cada ser humano comienza su viaje en sus mismísimos cimientos, tal y como me pasó a mí con mis juguetes desarmados. Por consiguiente, es sumamente importante que nos embebamos de las enseñanzas de los sabios del pasado.

Debería ser deber de todo gobierno inculcar virtudes a los ciudadanos, comenzando en el nacimiento, de modo que alcancen una plena estatura moral como adultos y a su vez sirvan de ejemplo a sus hijos. La tarea de la superación personal nunca termina y debe renovarse sin cesar, no solo en cada generación sino también en cada momento de nuestra vida. Debemos transmitir la sabiduría inmortal a través del tiempo, del pasado al futuro.

Quizás esta sea la única forma en que lleguemos a ser una civilización realmente próspera y feliz.


Feliz inicio de semana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario