viernes, 14 de febrero de 2020

Ética Aristotélica

¿Y qué hay de la ética aristotélica, todavía hoy tan estudiada en los departamentos de filosofía, aunque ya no se lea en la iglesia? 
Muchas de las doctrinas generalmente atribuidas a Aristóteles, como por ejemplo el mérito de cumplir con la «función» que te es propia, cultivar las «virtudes» (ver «ética de la virtud») o el «justo medio» entre dos extremos indeseables, son en realidad mucho más antiguas. De hecho, Platón nos presenta estas mismas ideas de un modo mucho más poderoso y convincente. 

Hay, sin embargo, diferencias importantes entre la ética de Platón y la de Aristóteles. Los puntos de vista de este último sobre la moral se exponen sobre todo en su Ética a Nicómaco, donde comienza con una investigación acerca de las opiniones personales sobre el tema «del bien y el mal» para averiguar qué términos se utilizan, a la manera de un antropólogo social. Platón muestra claramente su desprecio por este tipo de aproximación. La Ética a Nicómaco incluye una relación de lo que los griegos consideraban las grandes virtudes, ejemplificadas por el hombre «magnánimo» o el «alma recta», una persona que, según nos dicen, hablará con voz profunda y templado tono, y que tampoco ha de ser excesivamente modesta. La idea principal es que el fin propio de la humanidad (o más bien el de los aristócratas) es la búsqueda de la eudaimonia, la concepción griega de una clase particular de «felicidad». «No hay nada que sea más absolutamente necesario», escribe en el Libro 2 de la Política, «que asegurar una vida desahogada a los ciudadanos más distinguidos, y hacer de manera que la pobreza no pueda venir en daño de la consideración que se les debe, ya como magistrados, ya como simples particulares». 

Esta búsqueda incidía en tres aspectos: además del mero placer, estaba el honor político, y las recompensas de la contemplación. Principalmente, claro, la filosofía (pero también valían las listas de animales). En el siglo XVII, Thomas Hobbes diría que fue este método el que perdió a Aristóteles, ya que, al intentar basar la ética en «los apetitos humanos», eligió una medida con la cual no pueden establecerse distinciones entre lo correcto y lo incorrecto. De hecho, cabe destacar al pasar que Hobbes consideraba a Aristóteles un gran tonto, y protestaba continuamente contra los «alocados» y «diletantes» «Antiguos», refiriéndose con ello a uno solo: Aristóteles. Lo cual es una suerte de tributo. 

Pero volvamos a la malévola rima de Teócrito. Curiosamente, la causa de que Hermias (un mercenario y luego un déspota) abandonara este mundo fue que lo sometieron a torturas hasta la muerte. Como se había negado a traicionar a sus amigos, entre ellos Aristóteles (que se había casado con la sobrina de Hermias y había sido muy favorecido por él), Aristóteles le estaba muy agradecido. Al escribir un himno sobre él, Aristóteles se desdijo de una afirmación suya que vale la pena citar: la de que, de las cosas de la tierra, la que envejece más rápido es la gratitud. Esta pequeña herida autoinfligida a su propio corpus de conocimiento filosófico no le causó oprobio, ya que, según estima Diógenes, tenía 445.270 líneas más. Pero, como ahora sabemos, muchas de ellas también eran incorrectas.

jueves, 13 de febrero de 2020

Primeros Analíticos


En cuando al logro de Aristóteles en lógica, yace en el fundamento de las «leyes del pensamiento»:
El principio de identidad: todo lo que es, es.
El principio de no contradicción: nada puede ser y no ser a la vez.
El principio del tercero excluido: todo tiene que ser o no ser.
Sólo en filosofía puedes hacerte famoso con afirmaciones tan obvias como éstas. Sin embargo, también se explayó sobre este tema para producir una elaborada serie de «argumentos», algunos de los cuales dice que son «válidos» y otros «no válidos». El tratado llamado Primeros analíticos constituye el primer registro sistemático de lógica formal, y realmente siguió siendo la única «lógica» hasta el siglo XIX, cuando Frege la desechó en su mayor parte. 

La lógica aristotélica era lo suficientemente poderosa como para demostrar, entre otras cosas, que si Sócrates era un hombre, y los hombres son todos mortales, Sócrates también debía ser mortal. Lo que el mismo Aristóteles parece no ver, sin embargo, es la naturaleza convencional de las suposiciones. En el mundo real, las cosas pueden a la vez «ser» y «no ser», y a veces incluso estar en el medio. Una roca es a la vez grande y pequeña, dependiendo del punto de vista, e incluso puedes descubrir que no es en absoluto una roca, si la miras de cerca y te das cuenta de que está hecha de tierra. Sin embargo, el orgullo de pensar que el mundo está sometido a reglas, y de que estas reglas pueden ser dictadas por hombres como Aristóteles, el aristócrata, es muy seductora y, muchos dirían, también muy útil.

martes, 11 de febrero de 2020

Enseñanzas Aristotélicas


Cuando, a principios del siglo V, la propia Roma cayó en poder de los «bárbaros», los manuscritos de Aristóteles que se habían conservado,  fueron a parar a Persia, donde los árabes los preservaron durante la «época oscura» de Europa. Así fue como el cristianismo reformado logró recuperarlos del «infiel», traduciendo los libros al latín durante los siglos XII y XIII. Y fue entonces cuando Aristóteles comenzó a suplantar a Platón como «el Filósofo». En realidad, sus opiniones empezaron a ser consideradas como revestidas de una autoridad casi divina: todo lo que Aristóteles afirmaba era sin duda cierto. En su auge, de acuerdo con Gil de Roma incluso había iglesias en las que cada domingo se leía la Ética de Aristóteles en lugar de los evangelios. Así que ¿en qué consisten las enseñanzas aristotélicas que los persas guardaron celosamente durante centurias y que se han convertido en el texto fundacional de la cultura europea? Ya que si Aristóteles ejerció escasa influencia sobre Alejandro Magno, la tuvo ciertamente mucho mayor mil años  después.

Los manuscritos, conservados por los persas, contenían las enseñanzas Aristotélicas sobre política, lógica y ética.

Las líneas generales de la teoría política aristotélica, entonces, pueden resumirse en que la sociedad debe construirse teniendo en cuenta las formas más y menos elevadas del ser humano. 

  • Las mujeres son inferiores a los hombres.
  • Los bárbaros («extranjeros») son inferiores a las razas civilizadas.
  • Los esclavos son inferiores a todos.

Ciertamente, es así como pensaba también la mayoría de sus compañeros aristócratas de la Grecia de ese tiempo. Pero la contribución de Aristóteles fue asegurar que la misma idea básica se perpetuara en el mundo occidental durante la Edad Media y que todavía hoy se sientan sus ecos, sobre todo en el islam conservador.

viernes, 7 de febrero de 2020

Los Peripatéticos

De regreso a Atenas, Aristóteles inauguró una escuela llamada «peripatética», palabra tomada del griego «pasear», «caminar», porque Aristóteles, según se dice, solía dar sus conferencias al aire libre, mientras caminaba. Lo hiciera o no, parece haberse asegurado de que todos sus pensamientos quedaran por escrito. 
A lo largo del tiempo, la escuela del paseo reunió una considerable biblioteca de manuscritos, la cual, se supone, sirvió finalmente como piedra de toque de la gran Biblioteca de Alejandría. 
Esta biblioteca, sin embargo, fue destruida en 391 por orden del obispo Teófilo de Alejandría, quien afirmó que se trataba de un «templo pagano», pero afortunadamente para Aristóteles, unos soldados del ejército romano encontraron una colección separada de sus manuscritos en un pozo, en Asia Menor, alrededor de 80 d. C. como estaban bien organizados, los romanos los llevaron a Italia, donde fueron cuidadosamente copiados.

jueves, 6 de febrero de 2020

El crimen de Aristóteles

Aunque a veces se considera a Aristóteles como un precursor de Darwin en su teoría de que el diseño de toda la naturaleza puede entenderse considerando el «propósito» último o «final», Platón también había explicado el mundo en términos de inclinación de los objetos para ocupar su lugar adecuado (las piedras al caer, el fuego al extenderse, y así sucesivamente). En realidad, en uno de sus diálogos, el Timeo, Platón ofrece una teoría de evolución regresiva, en la cual el hombre, creado directamente por los dioses, degeneró rápidamente: primero en la mujer, y luego en los diversos estratos de los animales del mundo. Al menos Aristóteles no sigue a su maestro Platón en este aspecto. Pero cuando describe la naturaleza del espacio y del tiempo, su cosmología es siempre conservadora. 
Pensaba que las «esferas celestes» de Ptolomeo no eran una simple metáfora, sino que se trataba de esferas de cristal de verdad, y calculó que para que el cielo funcionara correctamente debían existir unas cuantas más, llegando finalmente al poco elegante número de cincuenta y cuatro esferas. 

El movimiento de los objetos celestes era constante, uniforme y circular, ya que las esferas rotaban suavemente en lo que él llamó «éter». El «vacío», sostuvo, era absurdo, e incluso si de alguna manera había vacío, el movimiento en este medio resultaría imposible. Como la Tierra era el centro del universo, todo se disponía a su alrededor formando capas. Sobre la Tierra, todas las cosas son cambiantes y corruptibles, mientras que en los cielos todo es permanente e inmutable. El agua estaba sobre la tierra, el aire sobre el agua, y el fuego arriba de todo. Que esto era realmente así podía confirmarse mediante la observación: un objeto conformado mayormente por tierra, como una roca, caería si se lo suspende en el aire; las gotas de agua caen en forma de lluvia; las burbujas de aire atrapadas en el agua se impulsan hacia arriba, como hacen las llamas del fuego. 

A Aristóteles también le parecía obvio que, cuanto más pesado era un objeto, más rápido caería. Un simple experimento práctico demuestra que esto es falso, pero a pesar de todo este error bloqueó el progreso en la física hasta que Galileo y Newton lograron demostrar que se trataba de una imposibilidad lógica y no sólo empírica. 

Así, Aristóteles consideró y rechazó la teoría de Demócrito de que las cosas están hechas de átomos, deteniendo el desarrollo de la química durante doscientos años. 

Por una extraña simetría, como observó el científico John Tyndall en el siglo XIX, casi parecía que sus afirmaciones eran tomadas en mayor consideración como correctas cuanto más incorrectas eran realmente. 

Puso palabras en lugar de cosas, y sujetos en lugar de objetos. Predicó la inducción sin practicarla, invirtiendo el verdadero orden de la investigación, pasando de lo general a lo particular, en lugar de desde lo particular a lo general. Convirtió el universo en una esfera cerrada, en el centro de la cual colocó a la Tierra, demostrando a partir de principios generales, para su propia satisfacción y para la del mundo durante los siguientes dos mil años, que no era posible ningún otro universo. Sus nociones de movimiento eran completamente contrarias a la física. Era natural o antinatural, mejor o peor, tranquilo o violento, sin ninguna concepción verdaderamente mecánica sobre ello en el fondo de su mente. Afirmó que el vacío no podía existir, y demostró que, de ser posible su existencia, en él sería imposible el movimiento. 

Determinó a priori cuántas especies de animales deben existir, y mostró a partir de principios generales por qué los animales tenían tales o cuales partes. O, como diría más tarde Karl Popper: «El desarrollo del pensamiento desde Aristóteles podría resumirse, pienso, diciendo que cada disciplina permaneció detenida en un estado de verborrea vacía y de estéril escolasticismo mientras utilizó el método aristotélico de definición, y que el grado en que las diversas ciencias hayan conseguido algún progreso depende del grado en que fueron capaces de deshacerse de ese método esencialista». 
Popper añade que el énfasis que puso Aristóteles en las definiciones llevó primero a unas distinciones «escolásticas» vacías, y luego —lo que es peor—a una desilusión por la razón misma. Éste, dice Popper, es el gran crimen de Aristóteles. 

Quizá fue una suerte para el progreso, entonces, que los estudios de Aristóteles se vieran interrumpidos por un requerimiento real para que volviera a Macedonia para ayudar a educar a Alejandro Magno, el heredero al trono macedónico. Al parecer su principal misión consistió en preparar y copiar una versión especial de la Ilíada destinada al joven guerrero. No hay indicios de que Alejandro compartiera ninguna otra actividad con su maestro.

martes, 4 de febrero de 2020

Platón: La República, una conclusión alternativa


Los críticos de Platón que se quejan de que su sociedad «ideal» es, aparentemente, también militarista y, en realidad, un estado fascista, con censura y una economía rígidamente controlada —para nada ideal—, quizá se sorprendan al encontrar en esta lectura alternativa de La República a un Platón bastante satisfecho de estar de acuerdo con ellos. 

Puede que no hayan tenido en cuenta que la república que describe no es su república ideal, sino sólo el resultado de las exigencias alimentarias que plantea Glaucón en nombre de los ciudadanos, un error de base (por así decirlo) que el mismo Sócrates evita. Y ciertamente los antiguos griegos tenían entre ellos a muchos vegetarianos. Además de Plutarco, uno de los sacerdotes griegos de Delfos (cuyo ensayo «Acerca de comer carne» está considerado un clásico de la literatura, si no de la filosofía), también está Pitágoras, cuyas palabras parecen anticipar misteriosamente las de Platón. «¡Oh, amigos míos!», exclama Pitágoras: No ensuciéis vuestro cuerpo con comidas pecaminosas. Tenemos maíz. Tenemos manzanas que cuelgan de las ramas a causa de su peso, y uvas rebosantes en las vides. Hay hierbas de suave sabor, y vegetales que se pueden cocinar y ablandar en el fuego.  
Tampoco se nos niega la leche, ni la miel perfumada de tomillo. La tierra te prodiga con un generoso suministro de riquezas, de alimentos inocentes, y te ofrece banquetes que no involucran sangre ni matanzas. 
¿Debemos pensar, pues, que La República trataba no tanto de la concepción del propio Platón sobre el Estado, como más bien de la de Pitágoras? ¿Se trata de un intento de Platón de integrarse en un antiguo debate entre los griegos vegetarianos, más que de la obra de planificación política por la que se la toma hoy en día? 

Pero ¿acaso la cuestión más importante es si sólo los vegetarianos pueden hacer filosofía, o si, de hecho, la filosofía sólo es necesaria para los no vegetarianos? 

La respuesta se pierde entre las brumas del Monte Olimpo. Lo que parece cierto, sin embargo, es que La República de Platón, aunque magnífica, no debe considerarse como una tesis filosófica consistente. 
Quizá, como ocurre con otros diálogos, puede ser leída más bien como una mera colección de fragmentos y anécdotas divertidas hilvanados por alguien que en realidad también podría haber estado haciendo poesía. Y (lo que es aún más extraño), aunque pensemos en Platón como en el severo titiritero de Sócrates, al que encontramos muy ocupado en La República prohibiendo la música y la poesía, desalentando el amor y confinando el sexo meramente al objetivo de tener hijos, en un diálogo un poco posterior titulado El banquete, o «fiesta de la bebida», Platón nos presenta un cuadro bastante diferente. Aquí, un alegre Sócrates recuerda las palabras de una sabia mujer, Diotima, que corrigiera sus perspectivas juveniles sobre la filosofía y que le enseñara, por el contrario, que el amor, así como la poesía que de él se ocupa, es un escalón en el camino del entendimiento y de la apreciación de la belleza y la bondad. En realidad va más allá: el amor es la única manera de percibir las formas ideales de la belleza y de la bondad. Aquí, la Teoría de las Formas en sí misma, en adelante siempre atribuida a Platón, se le acredita totalmente a Diotima. Y no contento con esta muestra de autodemolición, Platón hace que su personaje de Sócrates (los historiadores creen que Sócrates, por aquella época, nunca dejó Atenas, y este banquete se celebró en las afueras de la ciudad) formule alabanzas hacia el amor personal de un modo que contrasta fuertemente con su severa defensa habitual de las relaciones «platónicas». Después de describir la fiebre psicológica que puede generar la presencia física del amado, las mismas fiebres que en La República eran condenadas por «tiránicas», ¡dice que sólo ellas pueden prevenir a las «alas del alma» de resecarse y envilecerse! 
O quizá tenga algo que ver una carta, a veces atribuida a Platón, en la que se declara que los textos que todo el mundo le adjudica a éste fueron en realidad escritos por Sócrates. Es aquí, en la controvertidamente llamada «Segunda epístola», donde Platón se revela como el verdadero filósofo, y Sócrates se convierte (de forma bastante tardía) en su aprendiz. De este modo es Platón, y en absoluto Sócrates (como se hace constar convencionalmente en las historias de la filosofía), el que evita sabiamente la forma escrita inferior.

viernes, 31 de enero de 2020

Platón - El Estado de lujo

Luego de describir a una Ciudad Sana, Sócrates es tentado por Glaucón para que describa una Ciudad de Lujo.
¡Oh, vergüenza! Pero Sócrates está listo para la malsana tarea que se le encomienda. 

SÓCRATES: Entonces ya no se contará entre las cosas necesarias solamente lo que antes enumerábamos, la habitación, el vestido y el calzado, sino que habrán de dedicarse a la pintura y el bordado, y será preciso procurarse oro, marfil y todos los materiales semejantes, ¿verdad? 

GLAUCÓN: Cierto. 

SÓCRATES: Hay, pues, que agrandar la ciudad. Porque aquélla, que era la sana, ya no nos basta; será necesario que aumente en extensión y adquiera nuevos habitantes, que ya no estarán allí para desempeñar oficios indispensables; por ejemplo, cazadores de todas clases y una plétora de imitadores, aplicados unos a la reproducción de colores y formas y cultivadores otros de la música, esto es, poetas y sus auxiliares, tales como rapsodas, actores, danzantes y empresarios. También habrá fabricantes de artículos de toda índole, particularmente de aquellos que se relacionan con el tocado femenino. Precisaremos también de más servidores. ¿O no crees que harán falta preceptores, nodrizas, ayas, camareras, peluqueros, cocineros y maestros de cocina? Y también necesitaremos porquerizos. Éstos no los teníamos en la primera ciudad, porque en ella no hacían ninguna falta, pero en ésta también serán necesarios. Y asimismo requeriremos grandes cantidades de animales de todas clases, si es que la gente se los ha de comer. ¿No? 

GLAUCÓN: ¿Cómo no? 

SÓCRATES: Con ese régimen de vida, ¿tendremos, pues, mucha más necesidad de médicos que antes? 

GLAUCÓN: Mucha más. 

SÓCRATES: Y también el país, que entonces bastaba para sustentar a sus habitantes, resultará pequeño y no ya suficiente. ¿No lo crees así? 

GLAUCÓN: Así lo creo. 

SÓCRATES: ¿Habremos, pues, de recortar en nuestro provecho el territorio vecino, si queremos tener suficientes pastos y tierra cultivable, y harán ellos lo mismo con el nuestro si, traspasando los límites de lo necesario, se abandonan también a un deseo de ilimitada adquisición de riquezas? 

GLAUCÓN: Es muy forzoso, Sócrates. 

SÓCRATES: ¿Tendremos, pues, que guerrear como consecuencia de esto? ¿O qué otra cosa sucederá, Glaucón? 

GLAUCÓN: Lo que tú dices. 

SÓCRATES: No digamos aún si la guerra produce males o bienes, sino solamente que, en cambio, hemos descubierto el origen de la guerra en aquello de lo cual nacen las mayores catástrofes públicas y privadas que recaen sobre las ciudades. 

GLAUCÓN: Exactamente. La avaricia y el materialismo requieren no tan sólo la división del trabajo en general, sino también las distinciones de clase, un ejército y la creación de una élite dominante (los famosos guardianes platónicos).